Crónicas

GUILLERMO Y NOHEMÍ Setenta y ocho años de amor verdadero

Muchos pensarán que aquella frase citada por García Márquez en varios de sus libros, perteneciente originalmente al poeta brasilero Vinicius de Moraes es, nada más, una de esas argucias de la estética solo posibles en el universo de la ficción: “El amor es eterno mientras dura”. Resulta que no. Esta metáfora de un amor anclado en el periplo vital con visos de eternidad, bien puede traspasar los linderos de la fábula novelesca e insertarse, para sorpresa y alegría de muchos, en relaciones terrenales que de tan insólitas se nos antojan de otro mundo.

Guillermo y Nohemí.

Cartas de amor

“Sin que acaso lo pensaras, has hecho feliz a un hombre que habitaba en medio de la soledad y la tristeza. Ya mi corazón se había resignado a la idea de llevar a la memoria, como recuerdos perennes, tu nombre y tu imagen adorada. Pero tu corazón, tu noble y puro corazón, ha devuelto al mío la ilusión de tenerte algún día a mi lado para siempre”.

Guillermo Vargas y su esposa Nohemí Tovar. 

Nohemí Tovar y Guillermo Vargas Cabrera.

Con estas palabras, el joven Guillermo Vargas Cabrera, sumido entonces en tribulaciones y amarguras, empezaba una carta escrita el 17 de julio de 1937, dirigida con sin igual ternura a quien sería el único amor de su vida: la hermosa joven Nohemí Tovar Andrade. “Ángel mío”, decía él a su amada en una carta de 1941, “mientras recibo los abrazos y los besos que me traerán tu carta, acepta los míos, ya que tú eres la única dueña de ellos”.

Ante el Altar

En la madrugada del 2 de enero de 1943, en la parroquia de la Santísima Trinidad del municipio de Tello, parados ante el altar de la nave central, luego de haber atravesado un camino de radiantes claveles, Guillermo y Nohemí jurarían jamás terminar, con voz firme y segura, un romance que hoy, 78 años después, es tan intenso y prístino como el que se abrió al mundo aquel día ya remoto de julio de 1937.

Condecoración al Profesor Vargas por el Presidente Misael Pastrana.

Con el Presidente Misael Pastrana Borrero, quien le impuso a Guillermo Vargas la medalla cívica Camilo Torres en su máxima categoría, para exaltar su labor de educador. Lo acompañan de izquierda a derecha: Elena Salas de Castillo; Diego Henao Montoya; Elsa, Alberto y Flavio Vargas Tovar; y Nohemí Tovar, su compañera de todas las horas.

Contraste

Don Guillermo es un hombre recio de carácter, de temperamento fuerte, severo en ocasiones, duro ante la adversidad, frío si se quiere. Por fortuna, que la humanidad sepa, la frialdad no es indirectamente proporcional al disfrute privado e intenso del amor. Ella, por el contrario, pertenece a la estirpe de las mujeres de sonrisa indeleble, con una ternura a flor de piel, perenne, comprensiva, madre encantadora y excepcional 

Manos y lira

No hay duda de que llegaron al mundo para ser manos y lira, letra y melodía, amor y deseo, Ulises y Penélope. Como afirmaba el escritor irlandés Oscar Wilde, hay ocasiones en que es la literatura la que termina imitando al arte, como ocurre en este caso. Ella para él y él para ella, como si se tratara nada más que de la letra de un romántico bolero bailado junto a las susurrantes olas, al lado de las batientes palmeras.

Los esposos Vargas Tovar con sus hijas Ángela y Elsa. 

Hijos del amor

Como la brisa seductora y vivificante nacida de una roca. Así han llegado, ella, con sus 96 años, y él, con 98, a la cumbre de un amor que, sin la más mínima fisura, ha resistido el infortunio y compartido la felicidad. De esa unión, quizás la más cercana a lo sublime, nacieron Guillermo, Nohemí o La Nena ―una preciosa porcelana de ternura que murió trágicamente en 1969―; Flavio, Elsa, Nohora, Alberto, Julieta, Ángela, Melba, Mario y Héctor.

En esta foto de la época se aprecia la disciplina y pulcritud de los alumnos del Instituto Bolívar, inculcados por su Rector Guillermo Vargas Cabrera.

Institutores

En otra de las ingeniosas frases de nuestro Nobel, esta vez al inicio de su pieza teatral en un solo acto, titulada Diatriba de amor contra un hombre sentado, la mujer que lanza su atroz monólogo le dice a un inútil marido sentado en una silla mecedora: “Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz”. Otra vez, lo cual prueba la característica de que su amor es extraterrenal, la relación de Guillermo y Nohemí confirma la excepción a la regla. Se conocieron siendo institutores, como entonces se les llamaba a los maestros, ella en Guadalupe y él en Altamira. Se enviaban sendas y frecuentes cartas, plagadas de guiños de amor y besos, y él hablaba en éstas de “fatal despedida” cada vez que debían dirigirse a sus municipios, como si su amor estuviera luchando contra monstruos antediluvianos.

Banda de Guerra del Instituto Bolívar en los años sesentas.

Esta era la Banda de Guerra del Instituto Bolívar de Neiva, en los años sesentas.

El Colegio

Consumada la relación para siempre, seguros de que en adelante cada misión los sorprendería con el ánimo siempre vigente de acompañarse en las buenas y en las malas, entre las bregas consuetudinarias de la vida fundaron, a mediados del siglo pasado, el Instituto Bolívar. Por ese entonces la educación cumplía un papel primordial en lo que llegarían a ser las personas, por lo cual ponerse al frente de una institución de estas características demandaba no solo un carácter acorde con el reto del oficio, recto e indeclinable, sino una vigorosa y enhiesta actitud moral, lo cual le sobraba a los dos.

Don Guillermo Vargas en la época que funcionó el Instituto Bolívar.

Educador

Don Guillermo tenía para entonces un historial irreprochable como educador, maestro de los de verdad de muchas generaciones, entre las cuales se había ganado ese respeto venerable emanado del buen ejemplo y una seriedad y pulcritud que sin renunciar a la cordialidad enarbola los principios del rigor y el compromiso. Pese a las múltiples arremetidas de la clase dirigente, tan dada a las lisonjas con la inteligencia, nunca quiso aceptar la Secretaría de Educación. Para él, más allá de la fidelidad a las instituciones, estaba la lealtad con sus principios básicos del bien obrar y el bien servir, circunstancias solo viables si se tenían las riendas completas de tan brioso alazán. Así que prefirió seguir al frente de sus proyectos centrales: el colegio y el amor irrestricto de Nohemí.

Sentimientos irredimibles

Pese a su aparente rudeza, a la aspereza de unas manos rudas para tomar las bridas de la dura existencia, cada vez que Guillermo miraba a Nohemí, sus ojos volvían a ser los de ese joven apabullado por los sentimientos irredimibles del amor recién descubierto. Como en una novela francesa del siglo XIX, cada uno vivía para el otro, cada uno hacía lo posible, lo imposible, para que su pareja sintiera a diario que ese amor estaba más vivo que nunca, tan fresco como esas plantas acariciadas por el rocío en una mañana por demás fresca.

Amor sobre todas las cosas

Jamás se sintieron asaltados por esa suerte de sopor cansino que suele frecuentar a las parejas, ni por esas acuciosas batallas en las que otras naufragan a la primera oportunidad. Todo lo contrario. Siempre estuvieron exultantes, pletóricos de dicha, con la sonrisa suspicaz y el abrazo cómplice de quienes saben que el mejor antídoto para vencer las vicisitudes y alcanzar del todo la felicidad es mirar a diario, siempre con los ojos y la memoria puestos en el primer día, el rostro de esa persona a la que amamos por sobre todas las cosas.

A su edad sigue siendo un buen lector.

Cada día

Y así cruzaron por la vida, de la mano, muchas veces entrelazados en un abrazo casi eterno, en el que su respiración se hacía una sola, cada uno concentrado en el otro, fija la mirada en un destino común iniciado aquella ya lejana fecha de 1937 entre esa picazón agridulce que envuelve el cuerpo cuando nos asomamos por primera vez al más invencible y longevo de los sentimientos. Si uno los veía daba la impresión, y otra vez ellos venciendo a la carrasposa vida, de marchar en sentido contrario. Iban por la existencia no solo amándose, lo cual ya es mucho decir, sino amándose cada día un poco más, arropándose en la emoción de despertar cada día junto al ser por el que hemos dado todo.

Soñando el mismo sueño

Por eso hoy, como si estuviéramos anonadados frente a un bucólico pasaje de una de las novelas del vizconde de Chateaubriand, los vemos ya ancianos, tan pulcros y enteros como siempre nos acostumbraron, aún con los ojos vivaces, bien en Neiva, bien en cualquier otro lugar, durmiendo en la misma cama, arropados bajo la misma frazada, posiblemente soñando el mismo sueño dulce y apacible de dos seres para quienes el mejor regalo de la vida fue conocer a aquel que duerme a su lado.

Vida mejor que la literatura

Es probable, y por fortuna habremos vivido para contarlo, que algún día la literatura nos sorprenda con la historia de dos seres maravillosos que no se cansaron de amarse y que vivieron tan, pero tan felices, que nos parecerá una historia por demás inverosímil. Y nosotros, orgullosos, con la envidia que solo propician los amores de verdad, diremos: “Carajo, cómo se parece esa novela a la historia de Guillermo y Nohemí”. Una vez más la vida será mejor que la literatura.

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